LA MEJOR SONRISA – MIGUEL

Un viento furioso azotaba los cristales aquella mañana. En una de sus acometidas más feroces, había despertado a Miguel. Nada más abrir los ojos, casi mecánicamente, observó las manecillas luminosas de su reloj. Aún era pronto, pero sabía que no volvería a dormirse. Así que se levantó, abandonó su cuarto y se adentró en el salón en penumbra.

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LA MEJOR SONRISA – SARA

Sara observó con contrariedad el abundante número de informes que se apilaban al extremo de la mesa. La oficina se había sumido en el silencio del fin de turno. Los teléfonos habían dejado de sonar, casi todos los ordenadores habían cesado en su zumbido perpetuo, y los ventiladores ya hacía rato que no funcionaban. Sara aún mantenía la luz encendida y su despacho se había convertido en la luminosidad que disentía de la calma, el silencio y la soledad. Echó un fugaz vistazo a su reloj de pulsera para recordarse que hacía veinte minutos que debería haber abandonado el edificio.

SOLA

La casa, desvencijada, se alzaba sobre una discreta colina a las afueras de la ciudad. Dominaba uno de esos guetos que carecen de atractivo alguno: en ellos, la gente simplemente luchaba día a día por despertarse al siguiente. La pobreza parecía estancada en cada rincón, y la tristeza se asomaba tras cada puerta. Las calles acogían una extraña mezcolanza de olores: orín, basura, pescado que hacía días que había dejado de ser fresco. Miseria.

MAMIHLAPINATAPAI

Si lo pienso ahora, me doy cuenta de que aquel había sido el momento. El momento temido. El momento que llevaba demasiado tiempo queriendo evitar. Ese momento que no parecía llegar, que no tenía por qué llegar. Pero la verdad siempre llega. La verdad es como un cadáver que uno entierra en el patio de su casa, confiando en que así su crímen deje de existir. Uno nunca se da cuenta de que también lo está enterrando en sus recuerdos, en sus silencios, en sus soledades. Justo ahí, entre las sombras. Justo ahí, donde los fantasmas habitan a sus anchas. La verdad siempre surge.