Sara observó con contrariedad el abundante número de informes que se apilaban al extremo de la mesa. La oficina se había sumido en el silencio del fin de turno. Los teléfonos habían dejado de sonar, casi todos los ordenadores habían cesado en su zumbido perpetuo, y los ventiladores ya hacía rato que no funcionaban. Sara aún mantenía la luz encendida y su despacho se había convertido en la luminosidad que disentía de la calma, el silencio y la soledad. Echó un fugaz vistazo a su reloj de pulsera para recordarse que hacía veinte minutos que debería haber abandonado el edificio.

Aquella quietud la intranquilizaba de modo inexplicable. Ella no quería calma, necesitaba ajetreo. Necesitaba que los teléfonos sonasen, que el teclear de sus compañeros en sus ordenadores le perforase los oídos y de vez en cuando alguien tropezase con alguna de esas horribles papeleras metálicas. Necesitaba que el mundo le recordase cada poco que continuaba girando. Pensaba en eso cuando comenzó a escuchar los pasos desde el final del pasillo. Parecieron sacarle de aquel pequeño y absurdo trance, y regresó a la anodina labor de archivar informes.

-¿Sabías que eso lo hacen las becarias? – Preguntó una voz desde la puerta. Una figura conocida se inclinó hacia delante y se asomó para observarla desde la penumbra. – ¿Cómo lo llevas?
– Teniendo en cuenta que nunca me asignan becarias, cojonudamente. Pensé que ya te habías ido, Miguel. – Apuntó ella sin mirarle, manejando informes.
– Tenía algo atrasado. ¿A ti aún te queda todo eso? – Preguntó él inclinando la cabeza hacia la montaña de papeles.
– Ajá. – Replicó Sara. Y procuró concentrar su malestar en un suspiro que parecía no querer separarse de sus labios. Sonoro. Interminable.
– ¡Vaya humos! Y yo que iba a invitarte a un café…
– ¿Un café a las diez de la noche? – Observó Sara arqueando las cejas e interrumpiendo al fin su labor con los informes.
– Bueno, donde digo café, podemos decir copa.
– ¿Un miércoles? Suena bien.
– Y donde digo invitarte…
– Podemos decir que pago yo. ¡Estás hecho un galán!
– ¿Eso es un sí?
– Un “tienes un morro que te lo pisas”, más bien.
-Pero un sí. – Celebró él mientras abría ya la puerta que daba al exterior. – Te espero abajo. ¿Jack Daniel´s?
-No te he dicho que sí. – Respondió ella, fingiendo seriedad y comenzando a revolver de nuevo entre los papeles.
-Pero no has dicho que tienes sueño. Ni que mañana madrugas. Ni que te duele la cabeza. Ni que no te apetece. ¡Jack Daniel´s!
-Tengo sueño…
-¡Invito yo! – Gritó Miguel justo antes de cerrar la puerta tras de sí. Sara le respondió elevando también la voz.
-¡Nunca puedo resistirme a tus encantos!

Sus palabras se desvanecieron en la oscuridad infinita que parecía rodearla. Y lo agradeció. Agradeció que no se hubiesen quedado reverberando entre las paredes. Era mejor que verdades encubiertas como aquella no se repitiesen demasiado.



Veinticinco minutos después, Sara se encontró frente al espejo del ascensor con su mejor sonrisa. Y se asustó. Se aterró al pensar en todo el tiempo que llevaba sin esbozarla. Tembló al darse cuenta de lo deprisa que su imaginación estaba trabajando. Como si fuese a servir de algo, se prometió a sí misma que aquella noche no sucedería nada, pasase lo que pasase. No importaba lo rápido que a aquel cabrón de su pecho le diese por latir.

En el trayecto en ascensor desde la cuarta planta hasta el hall no había dejado de pensar en Miguel. En cómo había llegado hacía unos meses a la oficina cubriendo una baja, y en cómo había simpatizado con él desde el principio. Era irónico y ocurrente, y hacía uso de un sentido del humor imaginativo y atípico, casi infantil. Pero también era atento y en ocasiones se mostraba sensible. Era atractivo: tenía unos ojos de un color azul claro que parecían no encajar del todo en sus facciones difuminadas. Y se afeitaba la cabeza, quizás ante la amenaza de una alopecia demasiado precoz.

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Cuando hubo abandonado sus pensamientos ya había localizado a su compañero en una de las mesas del fondo. Había llegado a la cafetería envuelta en ese estado de automatismo en que a veces nos sumen los pensamientos. El local, pese a ser mitad de semana, estaba bastante concurrido, principalmente por parejas que se congregaban en torno a la barra o grupos de amigos que se agolpaban en las mesas. Miguel la miraba estudiando la carta de cafés. En su mesa había dos vasos, y una silla libre que la reclamaba.

– ¿Ya te los sabes de memoria?
– No. En realidad sólo me estaba haciendo el interesante.
– Perdona por tardar. – Se disculpó ella mientras tomaba asiento y depositaba su bolso sobre la mesa. Su mirada se posó sobre el vaso que tenía delante.
– Sí, es para ti.
– ¿No he llegado y ya quieres emborracharme?
– Nadie se emborracha con una sola copa. Mírame, llevo meses sin beber y pronuncio ferpectamente las lapabras.
– ¡Ferpectamente! – Afirmó ella, elevando el vaso a la altura de sus cabezas. – Por los cafés a las diez de la noche.
– Por los cafés a las diez. – Correspondió él haciendo sonar los vasos, y bailar en hielo en ellos. – ¿Sabes que nunca había salido un miércoles por la noche? Ni en mi época de universitario…
– Eso sólo puede pasar aquí en Arsonville. La gente prefiere salir a quedarse en casa. No importa que sea lunes o sábado.
– Gracias. Ya me siento menos alcohólico.
– Pues yo empiezo a animarme un poco. ¿Pedimos otra y mientras voy al baño?
– Venga, pero sólo una más. Si no tendrás que llevarme a rastras a casa.

Sara había notado que el alcohol se le subía a la cabeza, aunque le parecía aún muy pronto. Comenzaba a notar calor en su frente y en las mejillas. Pero no fue hasta ponerse en pie cuando realmente comenzó a sentirse mal. En un principio se sintió un poco mareada y caminó tambaleándose un par de pasos ante las carcajadas de Miguel. Luego pareció asentarse y continuó caminando hacia el lavabo, pero sólo había avanzado unos cinco metros cuando tuvo que detenerse. La sensación de mareo había vuelto, esta vez muy acentuada. Segundo a segundo, las siluetas que tenía a su alrededor se difuminaban, adquirían un matiz evanescente. Se convertían en sombras y luego en simples manchas de color. Los sonidos le llegaban también de una forma extraña.

Entonces todo empezó a girar. Los sonidos empezaron a confundirle. Las manchas de color, a fundirse en una vertiginosa ruleta.

Antes de perder el sentido, Sara sólo pensaba en cómo se libraría de tomar una segunda copa que nunca había deseado.

3 comentarios sobre “LA MEJOR SONRISA – SARA

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