El tiempo había volado, literalmente, para Ben.

Probablemente aquel fuese uno de los primeros momentos en que podía echar un segundo la vista atrás y darse cuenta de ello. Cuántos días llevaba instalado en la ciudad, o cuándo había sido su último día de descanso, eran momentos difíciles de rastrear en su recuerdo. Si se concentraba un minuto, quizá, y sólo quizá, recordaba haber hablado con su madre hace dos o tres días. Y le parecía que ayer o anteayer noche se había dado una de esas duchas resucitadoras. Pero tampoco podría jurarlo. El tiempo, desde su llegada a Arsonville, se había convertido en un concepto difícil de delimitar. Concretarlo era algo así como intentar abarcar una nube de humo.

– Entonces, Ben, ¿cómo lo llevas? – La voz de Raúl, grave y firme, consigue sacar a Ben de su suerte de ensoñación. Una voz potente, teñida con un tinte de autoridad pero sin dejar de resultar cálida y cercana. Ben sonríe, atisba a su alrededor y parece regresar de otro planeta para tomar conciencia del lugar en el que se encuentra. El Goldstein es poco más que un bareto de carretera que a esas últimas horas de la tarde parece casi vacío. Quince mesas, sólo un par de ellas ocupadas, una larga barra que reluce mucho más que esas mesas. Los aseos al fondo a la derecha. Todo muy americano. Si no fuera por la vestimenta, uno casi puede sentirse un John Travolta disfrutando a sorbos de su coca cola. Antes de contestar, Ben sonríe y lamenta que Raúl, por desgracia, tampoco tiene los ojos de la Thurman.

– Disculpa, tío. Estaba no sé dónde.

– Sólo te preguntaba qué tal todo. ¿Cómo lo llevas, la nueva vida? – Sonríe comprensivo, mientras comienza a sorber la cerveza. Ben se permite un par de segundos de duda para resumir todo en lo que lleva un minuto pensando.

– Supongo que todo muy rápido, apenas tengo tiempo para nada. Pero contento. Con el tiempo podría acostumbrarme a esto.

– Es curioso, todos los que llegáis a la ciudad comenzáis diciendo lo mismo. Aunque Arsonville no es tan grande, y el ritmo de vida es mucho más tranquilo que en cualquier otra ciudad. Esto es poco más que un pueblo. Te acostumbrarás, no conozco a nadie que se haya ido de aquí – Asevera Raúl, apurando un nuevo trago de su pinta.

– ¿Cuántos años llevas aquí?

– Toda la vida, me crié aquí. Es difícil creerlo cuando estás en una ciudad pequeña, pero he tenido suerte. Siempre he tenido aquí todo lo que necesitaba. ¿Tú nunca habías venido?

– Nunca a Arsonville, siempre faltan sitios por descubrir. ¿Y nunca piensas en cambiar? ¿No se hace pequeño?

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– Llega un punto en que la rutina es una cosa que hasta ayuda a mantenerte cuerdo. Y cómo te decía, tengo aquí todo lo que necesito. – Raúl sonríe de nuevo, alcanza su móvil sobre la mesa. Desliza sus dedos sobre la pantalla, tres, cuatro veces, y se lo entrega a Ben. Desde la pantalla se asoman unos rasgos femeninos suaves que enmarcan dos ojos de un hipnótico color verde, y una melena rubia rizada. La foto a buen seguro lleva un par de filtros, y la nariz es demasiado respingona para el gusto de Ben. No acaba de encontrarle del todo el atractivo, pero quiere ser cortés.

– Una variable que lo cambia todo. – Reconoce Ben, que de repente recuerda que su coca cola se ha transmutado en cerveza y que, además, viendo la pinta de Raúl, va con retraso.

– Se llama Ruth. Una de las cosas que hacen que no pierda la cabeza, ya la conocerás. Por cierto, ¿Tú tienes a alguien? -Interroga Raúl, mirada traviesa. Su codo pega un par de golpecitos amigables en el antebrazo de Ben.

Y ahí está, la pregunta de siempre y de nunca. La que siempre se hace cuando uno empieza a tener confianza, y la que Ben nunca contesta o evade de cualquier manera. Él es consciente de que para todo el mundo es una pregunta habitual, como aquello de hablar sobre el mal tiempo que hace cuando te subes a un ascensor, pero simplemente hay esferas un tanto íntimas que a Ben le cuesta compartir. Raúl es agradable, seguramente es la persona que más le ha ayudado desde que ha llegado a Arsonville. Incluso acaba de ofrecerle un posible empleo, aunque muy esporádico, en la emisora de radio local. Raúl es en esencia extrovertido, parece una buena persona, pero a Ben el tiempo le ha hecho desconfiar de su percepción. Nunca llegas a conocer del todo a una persona, y Ben ya nunca sabe si lo que parece una intención solidaria puede esconder algún interés más. Así que recurre a todo su bagaje cinematográfico, literario, en busca de una respuesta. Pone toda la baraja sobre la mesa y, tras estudiarla, agarra sin mucho convencimiento el Joker y sentencia:

– Es complicado. – Dos palabras, y un silencio que intenta disimular con media sonrisa y bebiéndose casi un tercio de su pinta de golpe. Ben no cuenta con dos factores capitales. Primero: el alcohol. Segundo: no valora la posibilidad de que su interlocutor, más que elocuente hasta ese momento, se mantenga en un silencio absoluto. El crujido de la vajilla que llega desde la cocina parece entonces un estruendo, la conversación de la pareja que acaba de sentarse en la barra es perfectamente audible, y cuando Ben posa su jarra de cerveza en la mesa el sonido es casi el de un árbol que se desploma en medio de un bosque desierto.
– Bueno… resumen rápido, tenía a alguien, Diana, la cosa no terminó muy bien. Desapareció prácticamente de un día para otro, sin decir adiós, sin decir por qué. No mantenemos contacto. Supongo que tiene una parte de culpa de que hoy me esté tomando una birra contigo. – Sentencia. La sonrisa de Raúl se ha desvanecido por unos momentos, pero pronto aparece de nuevo, casi triunfal.
– ¡Brindemos por eso! Siempre hay una historia así. Pero, ¿sabes? Al final no hay nada de malo en huir. O en buscar tu sitio, como lo quieras ver. Al final encuentras un lugar, encuentras a alguien, y todo lo pasado se ve de otra manera. ¿Quieres otra?

Ben baja la vista hacia su jarra, que aún no está vacía. Lo piensa dos segundos y accede, al fin y al cabo , a condición de que esta ronda corra por su cuenta. Raúl no protesta, y se retira un momento al baño, intentando disimular su andar bamboleante. Ben sonríe pensando que en ocasiones noches así son necesarias, para desahogarse, para depurarse.

Para encontrar, en parte, sentido a todo lo demás.

Lo que más le duele de hablar de lo suyo con Diana es el después, esos momentos en los que aún se queda pensándola cuando parecía que la había relegado a un segundo plano. Porque es como concederle una victoria, involuntaria pero dolorosa. Es como dar un paso atrás.

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-¿Te pongo otra ronda? – De nuevo Ben se ve arrastrado de su ensimismamiento, hacia el mundo real.

– Y, ¿me cobras, por favor? – Accede. Se vuelve hacia la mesa, en busca de su inestimable Mark Ryden roja. En su mochila lleva su portátil, y sus tarjetas de crédito.

– ¿Dos pintas más? – La voz no tiene nada de especial. Ben alza la mirada, por pura cortesía, sin mayor interés y sin ignorar que en la periferia de su mirada los objetos han empezado a difuminarse. La joven ya empuña una jarra y el cañón, con una de esas sonrisas profesionales e impostadas, y una expresión que Ben no llega a conseguir descifrar. Es pelirroja, demacrada, y se nota su esfuerzo en mantener la compostura y siempre la sonrisa. Pero sus ojos delatan su cansancio: sólo un par de rojas ramificaciones que invaden su esclerótica.

Ben tarda solamente tres segundos en contestar.

Una eternidad en la que ha estado perdido en esos ojos. Ojos de un azul tan claro que casi muta a gris. Límpidos y casi transparentes. Vaporosos y prometedores.

Una de esas miradas que incitan a querer ver más allá.

Ben se dice que no.

Pide una pinta para su amigo.

Él, explica, prefiere una coca cola.

2 comentarios sobre “LOS OJOS DE LA THURMAN

  1. Es intrigante Ben. Me gustaría saber por qué está en Arsonville y qué ocurrió con Diana. También quiero saber más de la camarera y sus ojos.
    Muy buen relato, has conseguido que me quede haciéndome preguntas y eso siempre me gusta cuando leo una historia. Aprovecha la cuarentena y cuéntanos más 🙂

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    1. Me alegra que te haya gustado. Teniendo en cuenta que este capítulo me ha quedado con mucho diálogo, y temo patológicamente construir diálogos, me doy por más que premiado 🙂

      Desde el departamento de aporreadores del teclado trasladamos tus preguntas e inquietudes a las musas de Arsonville. A ver si se portan…

      Le gusta a 1 persona

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