-Es usted nuestra última oportunidad.

Ahí estaba. Una vez más, aquella frase.

La había escuchado tantas veces que para él ya se asemejaba a un canto litúrgico. O a una simple fórmula de cortesía. Te alabamos, Señor. Que tenga muy buen día. Nos vemos. Todas esas frases que en origen habían llegado a tener un fondo, una promesa, un buen deseo, y que el tiempo había ido desgastando hasta convertir en meros mecanismos con los que disfrazar silencios.

Ser la última oportunidad para alguien era algo incluso peor, porque apelaba a algo más hondo y más desagradable. La última oportunidad. La última opción. El último cartucho. La desesperación, la última y fina línea que delimita a veces la cordura. En las primeras ocasiones, él se sentía esa línea y le abrumaba una carga de responsabilidad tan bestial. Tras más de diez años, la rueda del tiempo, de la rutina y del hábito había ido devorando aquella sensación. Víctor había ido desarrollando lo que ante cualquiera sería una pavorosa frialdad. En realidad, era más bien un puro sistema de defensa. No olvidaba sus primeros casos fallidos, las primeras ocasiones en que se había visto forzado a tener que comunicar malas noticias. Recordaba el temblor en los momentos anteriores, el fiero insomnio incluso varias noches después, las lágrimas. Su mente, incesante, recorriendo decenas de caminos y explorando todos los “y sis”

Estaba seguro de que Bárbara, aquella joven sentada frente a él, estaba pensado algo así. Asociándole con esa frialdad, sumida en el escepticismo inicial. Lo sabía porque con los años se había dado cuenta de que todos lo pensaban al principio. Nadie iba a creerle hasta que vieran progresos con sus propios ojos. Nadie pensaba que aquel hombre extraño, pasado de kilos, con su libreta y su baraja de cartas, podría llegar a ser útil.

Víctor no era un vidente, no era un médium, ni nada parecido. Y no creía tener ningún poder sobrenatural, se cansaba de recalcar siempre este punto. Era únicamente una persona deductiva, con un fortísimo instinto, y que de alguna extraña manera terminaba reparando en cosas a las que los demás no habrían prestado la menor atención. La baraja de cartas, que se había convertido con el tiempo en una seña de identidad, estaba compuesta por cartas normales de la baraja francesa. Pero barajarlas y manipularlas le hacía enfocarse de una manera extraña. Le iba trasladando a una especie de trance que le permitía una concentración y una percepción que no conseguía de otra manera. Y después, también, estaba lo del Escalofrío.

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Usted y Sara… Baños. – Comenzó, dubitativo, Víctor.

Somos hermanas. Soy su hermana pequeña.

¿Le puedo preguntar cuánto tiempo llevan aquí en Arsonville? – Aunque desentonaba con el resto de su apariencia, Víctor había aprendido a modelar su tono de voz para hacerla clara, calmada hasta el punto de resultar un tanto relajante. Y sobre todo, extremaba la educación como nunca, hasta el límite. Sabía que ese mimo particular era el único modo de extraer información cuando estabas ante una persona desesperada.

Ella llegó más tarde. Las dos nacimos aquí, pero ella decidió hacer su vida en otra parte, le salió un buen trabajo. Hace unos cuatro años mamá enfermó, y quiso regresar para poder estar cerca y pendiente.

Su madre…

Cáncer… se fue hace un año y medio. -Acotó Bárbara, que se agitó algo incómoda en la silla y no pudo evitar un brillo especial en la mirada. Víctor no había pasado por alto aquellos ojos, que reflejaban muchas cosas. El cansancio del trabajo, a buen seguro unido al de varias noches sin dormir, había enrojecido todos los contornos y acentuado unas acusadas ojeras que el débil maquillaje no podía disimular. En un primer momento Víctor ya había reparado en que Bárbara era hermosa a su manera. Demasiado delgada, no vestía uniforme de trabajo y aquella mañana había recogido su melena pelirroja en un discreto moño. Al saludarla, se había fijado en su sonrisa. Artificial, pulida seguramente tras muchos años cara al público, bonita aún así. Pero sólo en aquel momento decidió que aquellos ojos encerraban realmente la mayor parte de su encanto. A veces parecían de un tenue azul claro, a veces alguna caprichosa luminosidad los convertía en algo más cercano al gris. Eran algo casi hechizante, y Víctor estaba convencido de que más de un hombre habría sucumbido ante aquel hechizo.

Lo siento mucho. ¿Vive entonces con su hermana Sara, Bárbara?

No. Ella tiene su piso, muy cerca de casa, pero insistía en que estaba acostumbrada a tener su propio espacio y no quería importunar. Solo se quedaba en casa en ocasiones muy puntuales.

Víctor decidió que era momento de hacer una pequeña pausa y replantearse el rumbo hacia el que estaba dirigiendo la conversación. Si no encontraba una senda clara, Bárbara podría derrumbarse y cerrarse en banda. Dejó caer distraídamente y cara arriba la primera carta del mazo que había estado barajando hasta el momento. 4 de picas.

El Goldstein, a las once y media de aquella mañana, estaba casi vacío. Supuso que los clientes más rezagados para el desayuno ya se habrían ido, y los primeros para el almuerzo tardarían todavía un rato en llegar. Aún olía a tostadas y a café recién hecho. El lugar le resultaba agradable. La decoración era bastante arquetípica, plagada de contrastes entre rojo, azul celeste y blanco. Solamente había unas pocas mesas y pequeñas, con bastante espacio respecto a la barra. Allí había más butacas, en perfecto conjunto rojo con las sillas. Muy a la americana. Debido a esa separación, supuso que el Goldstein se reinventaría bien entrada la tarde y no sería un mal lugar para tomarse una buena cerveza. Anotó mentalmente la sugerencia.

Parece un buen sitio. – Apuntó Víctor, esbozando lo más parecido a una sonrisa por primera vez durante la conversación. Atisbó un instante a la barra, donde un hombre, ya entrado en años, simulaba concentración limpiando tan esmerada como distraídamente una jarra de cerveza con un paño. Víctor sabía que simplemente se esforzaba por intentar captar algo de la conversación por encima de la música ambiental. – ¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí?

Ahora va para dos años. Empecé trabajando los fines de semana por aquello de intentar pagarme la uni. – Bárbara también sonrió en un pequeño destello, aunque dejó la frase en el aire.

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Se ve que le ha pillado el gustillo. Escuche, Bárbara, sé que pueden parecer muchas preguntas de golpe, y sé que a veces le van a parecer hasta inapropiadas, pero le pido que confíe en mí con esto. Si algo he aprendido con los años es que en el más mísero detalle puede aparecer un hilo del que poder tirar. Si en algún momento se agota, quiere un respiro, o alguna pregunta le parece mal, siéntase libre de decírmelo. Pero si queremos dar con Sara, necesito cuanta más información posible y cuanto antes, ¿lo entiende?

Lo entiendo. – La joven no contestó al instante, más bien se agitó de nuevo en su asiento unos segundos. Víctor supuso que valoró sus opciones, valoró las alternativas, y sin estar del todo convencida, tomó una decisión. Le gustó que en una situación así Bárbara conservase cierta capacidad analítica.

¿Qué tal se lleva con su hermana?

Bueno… Siempre nos hemos ayudado, pero sí que somos bastante independientes. Cada una siempre ha ido un poco por su lado, con sus hobbies y su grupo de amigos. Si se refiere a si somos las típicas hermanas que se lo cuentan todo y se llaman cada día, creo que la respuesta es no. Pero es cierto que siempre que ha pasado algo importante, hemos sido las primeras en contárnoslo y hemos estado unidas.

El sonido de rozamiento de las cartas se interrumpió por un instante y una nueva carta apareció cara arriba, justo encima de la anterior. 7 de corazones.

¿Sabe si su hermana sale con alguien? ¿Algún compañero sentimental? ¿Algún amigo especial?

Es un tanto reservada para sus cosas, pero me lo habría dicho. Creo que desde hace unos meses no salía con nadie. Había estado saliendo con Fred Olssen, un chico bastante más joven que ella. Sólo estuvieron unos meses, la cosa no funcionó demasiado bien. Él estaba metido en política, algo así, y apenas le dedicaba tiempo. – Víctor asintió y anotó el nombre en su libreta.

¿Y me dice que no comparten ninguna amistad?

Bueno, un par de conocidos, lo habitual. Yo conozco a un par de sus amigas de verlas juntas, de algún encuentro casual, y ella conoce a algunos de los míos, pero nada especial. Ni siquiera podría recordar los nombres.

¿Había tenido algún problema antes? Cualquier discusión, cualquier denuncia o cualquier problema que pueda venírsele a la cabeza. Alguien en cuestión que pueda tener algo en contra de ella.

Me parecería raro. Sara siempre… evita los problemas ¿sabe? Prefiere simplemente dar su brazo a torcer antes que empezar cualquier discusión absurda. Es bastante inocente en ese sentido, pero es su carácter. Nunca la he visto pelearse con nadie ni siquiera en el colegio. Y creo que la relación con Fred terminó de común acuerdo, ella nunca me contó ningún problema con él.

Entiendo. Imagino que Sara vive sola. Ningún compañero de piso. ¿Tiene mascotas?

Le encantan los gatos, desde siempre, desde pequeña. Tuvo uno y, cuando murió, decidió que no quería más. Ya sabe, cuando pasa algo así hay personas que enseguida buscan otro gato para recuperar esa figura y hay gente que dice que nunca más. Supongo que Sara es de las segundas.

¿Se le ocurre algún motivo por el que… haya querido huir y dejarlo todo? – Víctor intentó plantear la pregunta con la mayor delicadeza posible. Sabía que era una de esas preguntas clave, tras las cuales venían reacciones muy variadas. Gente que se escandalizaba, gente que no quería creer el alcance de la pregunta. Incluso gente que se había levantado de la mesa o que directamente le había pedido que se marchase. Si alguna de esas ideas se cruzó por la mente de Bárbara, tuvo el suficiente autocontrol como para reprimir cualquier reacción. Dejó varios segundos de silencio entre medias, y simplemente negó con la cabeza.

Creo que si hay alguien a quien le habría contado algo así, sería a mí. Y aunque lo hubiese hecho, respondería a mis mensajes, devolvería las llamadas. Creo que hay algo más extraño aquí, detective, por eso le he llamado

No soy detective, Bárbara, ni policía. – Suspiró Víctor. – Tiene que tener claro desde el principio que no está recurriendo a una vía, digamos, oficial. Investigo por mi cuenta y mis clientes, normalmente, no confían en la policía. No me importan los motivos, pero ahí es donde entro yo. ¿Usted confía en ellos?

No… Supongo que no del todo. Hace seis días que puse la denuncia, que me hicieron preguntas parecidas a las que usted me está haciendo, y no he tenido noticias de nadie desde entonces.

Víctor puso una carta dorso arriba sobre la mesa, encima de las demás. La giró lentamente. 10 de tréboles.

Necesito conocer esa línea en la que la policía trabaja, Bárbara. Para que me entienda, si sé exactamente hacia qué lugar se está enfocando la Policía, puedo deducir qué lugares están en la sombra, ocultos, sin que nadie les preste atención. Ahí es donde yo miraré, en eso consiste lo que hago.

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Víctor ya había comprendido hacía minutos que aquello no iba a ser nada fácil. No había realizado demasiadas anotaciones en su libreta, aunque tampoco era su sistema predilecto. Pero durante aquella conversación y los minutos que siguieron, el perfil que se iba esbozando en su mente era de los peores con los que trabajar. Chica más bien solitaria, introvertida, sin enemigos aparentes. Nadie que quisiese hacerle daño. Sin muchos familiares cercanos, huérfana de madre y, seguramente, dado el silencio al respecto de Bárbara, tampoco podía esperarse nada de su padre. Sin pareja sentimental, sin que pudiese identificar demasiado bien a sus amigos más cercanos. Buena estudiante, un trabajo de lo más convencional y sin grandes responsabilidades. Situación financiera normal. En resumen: prácticamente un callejón sin salida. Lo único reseñable era su relación con el tal Olssen. Si no le fallaba la memoria, era una figura pública en la ciudad, su nombre aparecía con frecuencia en los periódicos. Era ya casi lo único que leía. Tendría que investigar esa vía, por descartar, pero tenía la impresión de que incluso la policía podía haber llegado a la misma conclusión. Y estaba Bárbara, que con sus respuestas había esbozado una relación, cuanto menos irregular, con su hermana. No creía que le estuviese mintiendo o que le ocultase información, aunque pudiese parecerlo. Por sus ojeras, los surcos rojos que poblaban sus ojos y una inquietud que se proyectaba en cada movimiento, no era complicado inferir que estaba realmente preocupada. Estaba intentando por todos los medios ser útil. Más bien tenía la impresión de estar escarbando en un vacío. Ambas hermanas eran así, se aceptaban como tal. Aceptaban sus sombras, sus silencios, y sus vidas cada una por su lado. Víctor lo entendía y, en cierto sentido, no dejaba de empatizar con ello, pero había esperado alguna pista más. Suspiró profundamente. De forma mecánica, dejó de mezclar las cartas y con el pulgar derecho impulsó la primera carta, que aterrizó sobre todas las otras.

As de picas.

Y de pronto aquella punzada que era tan difícil de definir, que nunca había explicado a nadie, porque nadie le entendería. Ni siquiera a Amanda, que era su media mitad. Era una presión gélida que recorría su espalda, desde la parte inferior. Primero despacio, como una caricia, para después tornarse en algo fugaz como un latigazo. El Escalofrío. Duraba solo un segundo, le disparaba el pulso y le provocaba una breve insuficiencia respiratoria. A cambio, le traía un presentimiento, una certeza. Sabía, de algún modo irracional, que lo que estaba en su cabeza era importante. Pero la pregunta que bailaba en su mente en aquel momento parecía irrelevante, era absurda, no podía tener ningún tipo de utilidad.

¿Su… comida favorita?

¿Perdón?

¿Recuerda cual es su comida favorita? – Víctor temió la respuesta. Algo vago, algo del tipo “a ella le gusta casi todo y nunca se queja”

Le gusta todo. Yo era la más quisquillosa para comer. Ella come de todo, fruta, pescado… – Bárbara, desconcertada, se abstrajo un segundo, como esforzándose por rescatar algún detalle más que importase. – Y bueno, no tiene importancia, pero las palomitas le pirraban y le pirran. De pequeñas, siempre que había sesión de cine, ella quería palomitas. Decía que sin ellas era como no estar viendo una película. Ahora siempre que voy al cine el olor me recuerda aquellas tardes, ¿sabe?

Víctor no creía en casi nada, tenía dificultad para creer en cosas que no podía ver. Pero creía firmemente en El Escalofrío, como él mismo había empezado a llamarlo. No era algo habitual. De hecho, hasta aquella tarde, llevaba tiempo sin manifestarse. Era un instinto impredecible, incontrolable, que recordaba haber tenido desde siempre y al que no había dado mayor importancia. Y sin embargo, todo cambió en un instante.

Concretamente, un instante de hacía doce años. Todo había ocurrido una tarde cualquiera, próxima al verano, en la cola del supermercado. Víctor había empezado a sentir el Escalofrío. El frío, el pulso acelerado, un leve mareo. Y, de forma irracional, una pregunta se alojó de pronto en su mente. Con esa impresión y esa nitidez que traen las cosas traumáticas, o las canciones que sabemos que vamos a empezar a repetir en bucle. Así que, por aquello de sacársela de la cabeza, Víctor simplemente la planteó. Se aproximó a una mujer desconocida que tenía justo delante en la cola. Hizo acopio de toda su educación. Pregunto qué hora era.

Tras un par de minutos, supo que la mujer se llamaba Amanda.

Doce años después, tenían un hijo, un gato, y un futuro juntos. Ella se había convertido en el pilar de su vida. Nadie le había respetado nunca como lo hacía Amanda, y él nunca se había preocupado por nadie como lo hacía por ella.

Después de aquello, tuvo que empezar a creer en El Escalofrío. A darle importancia. A aprovecharlo. Dirían que era algo sobrenatural, y por eso era su secreto. Para él era algo normal, que había asimilado dentro de sí y que le había acompañado toda su vida.

Y por eso, y aunque no le decía absolutamente nada, Víctor anotó en su libreta que la comida favorita de Sara eran las palomitas de maíz.

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