Esta crónica retoma la historia de Sara, que puedes leer aquí.

Un viento furioso azotaba los cristales aquella mañana. En una de sus acometidas más feroces, había despertado a Miguel. Nada más abrir los ojos, casi mecánicamente, observó las manecillas luminosas de su reloj. Aún era pronto, pero sabía que no volvería a dormirse. Así que se levantó, abandonó su cuarto y se adentró en el salón en penumbra.

La tenue luz de una lámpara iluminaba el rostro de Sara, que descansaba en el sofá. Cuando se había desvanecido la noche pasada, la había llevado a su casa, y no había encontrado un lugar mejor para acomodarla.

Aún se sorprendía de que la droga hubiese hecho su efecto tan rápido. La observó durante escasos segundos y acarició su rostro con el dorso de la mano derecha. Su pulsó se aceleró. Aún estaba pálida y Miguel sabía que no se despertaría en unas horas.

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Había dejado el escarpelo sobre la mesa la tarde anterior, antes de salir a trabajar. Todo tenía que estar organizado. Ajustó la luz de la lámpara para hacerla un poco más intensa. Observó a Sara de nuevo. Parecía estar envuelta en un aura extraña con tanta luz. Se había enamorado de ella casi desde el primer día, y casi sin darse cuenta. Como surgen los afectos más sólidos. Se había quedado prendado de esa sonrisa perfecta, sincera.

Ahora tenía que destruirla. Le había ocurrido en otras ocasiones. Conocía aquel sentimiento, y conocía los pasos a seguir. Desde que tenía uso de razón, había sido consciente de su capacidad, del inusitado poder que era capaz de ejercer a su alrededor. Había sido el alumno más popular de la clase, el que siempre tenía gente a su alrededor. El galán de su promoción, el que siempre dedicaba la sonrisa y las palabras adecuadas a sus compañeros, y el predilecto en cualquier ascenso en todos sus trabajos. Era consciente de su influencia y sólo había tenido que esforzarse en cultivarla, en potenciarla día tras día. Era tentador, era sencillo para él, y le otorgaba más y más control. El control, la planificación, se había convertido en su férrea razón de ser.

Lo de la noche anterior, precisamente, venía fruto del control. Miguel llevaba días observando a Sara, estudiando sus rutinas, anotando los momentos en que el trabajo la sobrepasaba y se veía obligada a quedarse sola en la oficina. La había tanteado en varias de esas conversaciones frente al café de la mañana, estudiando sus gestos, sus reacciones, buscando grietas en sus defensas. Solo había tenido que esperar un momento adecuado.

Era curioso cómo aquello que todo el mundo buscaba, terminaba condenándole a él: enamorarse y quizá verse correspondido, una mujer hermosa, buen sexo de vez en cuando. Sentirse querido, acompañado, empezar a construir algo parecido a un futuro. Todo aquello que la gente común no dejaba de buscar.

Claro que él no era una persona precisamente común.

Él, para empezar, era un asesino.

Enamorarse implicaba sacrificio. Implicaba compromiso. Implicaba ceder a veces, compartir, y otros muchos actos que le hacían sentirse más débil. Muchos actos que amenazaban ese control perfecto que imprimía a su alrededor. Miguel no podía permitirse enamorarse. Y comprendió que tampoco podía permitir que aquella sonrisa persistiese. Quizá ella misma aún no lo sabía, pero la de Sara era una de esas sonrisas capaces de alumbrar un día gris, de volver a alguien loco, de enamorar. De mover y controlar el mundo.



Los dos cortes fueron practicados en segundos. Dos líneas perfectas, firmes, sin atisbo de vacilación. Surgían de las comisuras de la boca y atravesaban las mejillas. Recordaba que su padre, forense de profesión, afirmaba que un corte profundo en un músculo humano podía imitarse con sorprendente exactitud en una calabaza. Y precisamente así, rasgando calabazas, Miguel había ido adquiriendo agilidad y había llegado a convertirse en lo que hoy era.

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Había situado un espejo justo frente al rostro de Sara y con ello había rematado el ritual. Sólo tenía que aguardar la única reacción posible. Abandonó la oscuridad del salón y regresó al dormitorio.

Hasta que los gritos desgarradores, irracionales, comenzaron a perforar sus oídos, durmió a pierna suelta. Sin nada que pudiese atormentarle. Durmió tranquilo, con la calma que otorga el haber cumplido un cometido. Durmió sonriendo.

Durmió, en realidad, mostrando la mejor de sus sonrisas.

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