LA MEJOR SONRISA – MIGUEL

Un viento furioso azotaba los cristales aquella mañana. En una de sus acometidas más feroces, había despertado a Miguel. Nada más abrir los ojos, casi mecánicamente, observó las manecillas luminosas de su reloj. Aún era pronto, pero sabía que no volvería a dormirse. Así que se levantó, abandonó su cuarto y se adentró en el salón en penumbra.

LA MEJOR SONRISA – SARA

Sara observó con contrariedad el abundante número de informes que se apilaban al extremo de la mesa. La oficina se había sumido en el silencio del fin de turno. Los teléfonos habían dejado de sonar, casi todos los ordenadores habían cesado en su zumbido perpetuo, y los ventiladores ya hacía rato que no funcionaban. Sara aún mantenía la luz encendida y su despacho se había convertido en la luminosidad que disentía de la calma, el silencio y la soledad. Echó un fugaz vistazo a su reloj de pulsera para recordarse que hacía veinte minutos que debería haber abandonado el edificio.