Por fin había llegado el invierno. Para quedarse. Habían regresado las lluvias, el viento feroz, las nubecillas de vaho, residuos de las palabras. Incendios en las conversaciones a pocos grados de temperatura.

Por fin se había ido el calor, y las calles repletas de críos ociosos. Y las toallas extendidas sobre la arena, y las minifaldas, aunque no tanto. Por fin las playas se habían quedado vacías, desiertas, olvidadas. Habían desaparecido las terrazas en los bares, y agonizaban las canciones del verano. Por fin se habían ido las noches interminables, y el color.

Quizás por eso me gusta el invierno, de la misma manera que una fotografía en blanco y negro. Respiran la misma suerte de misticismo. El color, a veces, sólo disfraza la esencia de las cosas.

Había llegado el invierno con sus heladas y sus abrazos amortiguados entre capas de ropa. Y, justo entonces, había decidido cambiar. Comenzar a escribir fue tan sólo una parte de ese cambio. Lo necesitaba. Necesitaba abandonar la ciudad tal como lo hice, irme lejos. Lejos de mi familia, de los amigos a quienes me había debido desde hace años. Lejos de la rutina y, por supuesto, lejos de Diana.

Tardé meses en comprender que quizás no volvería nunca, que quizá los mensajes que le había enviado permanecerían tal como estaban, sin respuesta. Tardé en asimilar que no siempre podemos conseguir lo que merecemos, y que esta era una de esas cosas que no podemos llegar a comprender. Pero con las que hay que aprender a vivir.

Me prometí olvidarla. En la medida de lo posible. Como a buen seguro ella ya había hecho mientras yo aún aguardaba. Sólo entonces empecé a vivir para mí, de nuevo. Y creo que fue entonces cuando comenzó a fraguarse la idea en mi mente. La posibilidad de cumplir un viejo sueño. Aunque hubiese que romper con casi todo. Aunque tuviese que arrancar mi vida anterior casi de raíz. Tardé menos de una semana en tomar la decisión y hacer las maletas.

Hace unos segundos he visto por primera vez su silueta. Parece que casi estamos llegando. Anochece, el horizonte hace rato que ha dejado de sangrar, y mirar a través de la ventanilla es toparse con una miríada de luces que se extienden casi hasta donde la vista alcanza. Desde aquí, Arsonville parece una fortaleza, resguardada tras un promontorio por el que ahora descendemos. Sólo vulnerable por mar. Quiero pensar que encierra todas las esperanzas que busco.

Para ser sincero, la primera impresión no ha sido como esperaba. Quizás entre todas esas estrellas que se agolpan ahí abajo esté lo que busco. Pero hay algo más. Hay algo oscuro entre toda esa luz.

Ahora, he de dejar de escribir. Enseguida llegaremos y tendré que recoger mis cosas y apearme del autobús. Mantener este diario es una de las cosas a las que quiero acostumbrarme en esta nueva vida en Arsonville.

Sólo espero ser muy malo con las primeras impresiones.

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