I

Si lo pienso ahora, me doy cuenta de que aquel había sido el momento.

El momento temido. El momento que llevaba demasiado tiempo queriendo evitar. Ese momento que no parecía llegar, que no tenía por qué llegar.

Pero la verdad siempre llega. La verdad es como un cadáver que uno entierra en el patio de su casa, confiando en que así su crímen deje de existir. Uno nunca se da cuenta de que también lo está enterrando en sus recuerdos, en sus silencios, en sus soledades. Justo ahí, entre las sombras. Justo ahí, donde los fantasmas habitan a sus anchas. La verdad siempre surge.

Cuando tus palabras se perdieron en la habitación, hice el esfuerzo por alzar la mirada. Me cuesta hacerlo, estigmas de un tímido patológico, hasta en las situaciones más cotidianas. Pero pensé que al menos te merecías eso. El ocaso caía, la tormenta acababa de estallar y la penumbra había ido devorando la habitación. Tan solo el débil crepitar de la pequeña hoguera iluminaba tu semblante. Tu rostro delgado y pálido, tus mejillas aún salpicadas de lunares y esos ojos tan negros que semejaban pequeñas almendras a la luz del fuego. Esa curiosidad innata, brillante, en ellos. Te miraba y pensaba en cómo el tiempo te ha cambiado. Cómo todo esto te ha cambiado.

1

La oscuridad se acentúa, y triunfa el silencio. Solo la madera al consumirse se atreve a rasgarlo, constantemente. La lluvia también comienza a repiquetear en el cristal. Desvío la mirada hacia el otro lado de la habitación. Pensando, escudriñando, como si en los rincones pudiese hallar las palabras. El viento, poco a poco, comienza a enfurecerse y la estructura de madera pronto comenzará a quejarse. Hoy la tormenta puede ser de las duras. Un súbito relámpago lo ilumina todo. Desde Arsonville, llegan los primeros ladridos intranquilos.

II

Un gruñido lastimero se anticipa al estruendo. Como si hiciese falta recordarnos que queda algo por hacer, una cuenta pendiente. Dasha descansa en el suelo, la cabeza entre sus patas, la mirada agonizante. Dasha que estuvo desde el principio, sabiendo guiarnos, sabiendo hasta unirnos cuando este mundo de mierda parecía empeñado en separarnos. Inventándose cariño en los momentos más grises. En cuanto vimos su herida esta tarde, supimos que era el final. Lo supimos al instante, sin una sola palabra. Y ahora, aún en silencio, solo retrasamos lo inevitable. Sabemos qué ocurrirá si esperamos a que caiga la noche.

La Beretta M9, fría al tacto, pesa endiabladamente en mi mano derecha. Poco más de 900 gramos que hoy parecen toneladas. Un nuevo relámpago me saca de mis cávalas, me recuerda que hay que actuar. Que, si hemos aprendido algo durante todo este tiempo, es que al final lo único que cuenta son los actos. Las palabras, las leyes, la moralidad. Conceptos atractivos que se extinguieron junto al resto del mundo. Ahora lo único que importa es que cae la noche. Y que en pocos minutos estarán aquí.

III

Te observo de nuevo entre lágrimas. Las tuyas llevan ya un tiempo brotando, silenciosas pero incesantes. Dibujando surcos brillantes en tu tez frente al fuego. Labios apretados, apenas una línea delineada. Todo un universo en esa mirada, insondable, imposible de comprender del todo. Me gustaría ser capaz de decir algo que te calme, de encontrar las palabras adecuadas. De transmitirte, en un parpadeo, todo lo que está en mi cabeza. Pero aquí, ya entre las penumbras y en esta situación, solamente una palabra ha salido a flote y martillea en mi mente. Absurda. Inútil. Y casi inpronunciable.

– Mamihlapinatapai

La habré leído en alguna parte. El alguna historia de amor.

– Mamihlapinatapai

2

No puedo dejar de temblar. Cierro los ojos y aprieto el gatillo. Un trueno que hace que todo alrededor tiemble. Después, más silencio.

IV

Un pitido continuo que rasga el silencio y se clava en los tímpanos. Ocurre cada noche, son tan solo siete segundos, pero nunca te acostumbras. Es la señal.

– Lydia, hay que irse, ¡rápido!

En dos zancadas, casi en acto reflejo, atravieso la habitación y alcanzo la trampilla del sótano. Dos golpes en la madera para atraer tu atención. Un tirón en tu brazo izquierdo para recuperar tu mirada, ahora más turbia y un poco menos viva.

– Amor, hay que bajar. ¡Ya están aquí!

Un nuevo relámpago. A no mucha distancia, comienzan a llegar alaridos desde el exterior. Locuciones indescriptibles, gritos teñidos de un ansia insana, de una desesperación imposible de plasmar en palabras. Hago lo único que puedo hacer, agarro tu cuerpo y te arrastro hacia el sótano.

Aseguro la trampilla desde el interior, como cada noche. Juntos descendemos el mismo tramo de carcomidas escaleras que ya nos sabemos de memoria.

V

Seguramente aquel fue otro momento, una segunda oportunidad. Aquellas horas posteriores, en la oscuridad del sótano, mientras la tormenta se recrudecía para después calmarse. Debí habértelo contado todo antes de que tu pulso se calmase, tu respiración se acompasase y el sueño te venciese. No encontré esas palabras. Las mejores frases, dicen, siempre se nos ocurren después. Tarde.

3

Cierro los ojos dándole vueltas.

Al amanecer, intentaré explicarle a mi hija, lo que más quiero en el mundo, por qué huimos. Ella es lo único que me queda.

Pensaré en cómo contarle que hubo un tiempo en el que el mundo era diferente. En el que la gente podía reunirse sin temores, sin importar la hora del día. En el que podíamos elegir, en el que teníamos más oportunidades, más facilidades, más conocimiento que nunca.

En ese momento pudimos escoger avanzar, luchar, seguir conquistando.

Al amanecer, intentaré explicarle a mi hija que no lo hicimos porque nos sentíamos más cómodos delante de una pantalla. Jugando, o construyendo una guerra de cada divergencia. Insultándonos. Casi sin mirarnos. A veces sin ni siquiera hablar.

Un día simplemente nos despertamos y descubrimos que no había pantallas. Ni luz, ni electricidad.

Desde esa misma noche, quienes morían comenzaron a regresar por las noches. Más rápidos, más resueltos, y sobre todo más voraces. Nadie supo nunca explicar por qué.

Al principio, algunos intentaron luchar. Nadie esperaba que tuviésemos que enfrentarnos a nuestro propio pasado, y resultó que esa era una guerra que no podíamos ganar. Después aprendimos a sobrevivir escondiéndonos.

Fue así como nos convertimos en monstruos.

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