I

La casa, desvencijada, se alzaba sobre una discreta colina a las afueras de la ciudad. Dominaba uno de esos guetos que carecen de atractivo alguno: en ellos, la gente simplemente luchaba día a día por despertarse al siguiente. La pobreza parecía estancada en cada rincón, y la tristeza se asomaba tras cada puerta. Las calles acogían una extraña mezcolanza de olores: orín, basura, pescado que hacía días que había dejado de ser fresco. Miseria.

En aquellos días, todo el mundo se refería a lugares como aquel como “Barrios B”.

En ocasiones, los más jóvenes interrumpían sus juegos, sus eternas carreras entre las calles angostas y decrépitas, para tomar aliento. Y siempre había quien, durante el asueto, alzaba la mirada hacia la casa. El viento había erosionado su fachada y la maleza comenzaba a colarse entre sus ventanas, pero ahí estaba. Resistiendo el envite del tiempo.

Los ancianos contaban historias sobre ella, atemorizando a los muchachos. Decían que una mujer de notorio linaje se había suicidado en su interior hacía décadas. Desde entonces, aseguraban, una silueta se recortaba algunas noches tras las ventanas. Se decía incluso que, en la noche de San Juan, podía observarse cómo una figura se arrojaba a través del balcón principal pasada la medianoche. Una dama vestida de blanco que todos aseguraban haber visto alguna vez desplomarse en la oscuridad.

 

thomas.hoogeveen
Fotografía by thomas.hoogeveen (instagram)

 

Por eso las miradas de aquellos ignorantes siempre brillaban de un modo especial. Era el destello fugaz del miedo, y a Claudia, que siempre observaba tras una ventana, le hacía esbozar una sonrisa.

II

Sólo acababa de alcanzar la mayoría de edad, pero vivía desde hacía ya varios años entre las frías paredes del caserón. Era el único lugar al que se le había ocurrido acudir, y había sido todo un acierto: Nadie la encontraría allí. Ninguno de aquellos imbéciles se atrevía a acercarse. A decir verdad, desde que se había instalado allí nadie había entrado. Salvo aquella vez, durante los primeros días. Eran cuatro o cinco hombres, todos de Arsonville, del centro, de la Gran Ciudad. Portaban linternas y más aparatos, un montón de cables que comenzaron a arrastrar por las habitaciones. Aquello fue muy sencillo: sólo había tenido que esconderse y aguardar el momento preciso. Habían salido como alma que lleva el diablo, olvidando todo el aparataje. Aún recordaba sus gritos, y lo que se había reído durante toda la noche. Más tarde se arrepentiría de no haber esperado y prolongado aún más el momento. Aquello había sido divertido.

No podía mantenerse demasiado tiempo tras la ventana, pues una ira insana se apoderaba de ella. Observaba las calles del mísero poblado, que ella misma había recorrido hasta hacía unos años. Estaban repletas de críos sucios, andrajosos, patéticos. Pero a pesar de ello, sonreían. Vivían en la felicidad de su inocencia. O quizás, simplemente, tenían a alguien. A su familia, a sus harapientos amigos o a un maldito perro. Alguien.

Ella no tenía a nadie.

“Siempre te quedará tu familia”. Había escuchado esa frase cientos de veces, y cada vez que la recordaba se echaba a reír. Su familia jamás la había comprendido. En absoluto. ¿Qué habían hecho por ella realmente? ¿Llevarla prácticamente a rastras a la consulta de aquel psiquiatra? La solución mágica cuando no comprendemos. Por eso se había ido. Por eso se había escondido. Odiaba todo aquello. Era mucho mejor pensar que nunca había tenido a nadie.

Visitar aquel rincón al otro extremo de la casa, en el sótano, y convencerse. Convencerse de que siempre había estado sola.

III

Cuando no podía soportar más aquellos pensamientos, se retiraba al salón principal: otra de las razones por las que había decidido quedarse en aquel lugar. Las paredes estaban repletas de estanterías carcomidas llenas de libros. Algunas habían cedido y los volúmenes yacían desparramados por el suelo, pero a Claudia no le importaba. Adoraba leer, sobre todo libros antiguos, y aquello era una auténtica mina de oro. Allí permanecía hasta que la luz rojiza del ocaso pintaba la estancia. Disfrutaba con Poe, Víctor Hugo, Shakespeare, Bécquer, Baudelaire, Lovecraft, y tantos otros. Percibía el peculiar olor de los tomos al pasar cada página, y a veces se detenía a observar cómo minúsculas partículas de polvo quedaban suspendidas en el aire. Así, se sumergía en aquellos ambientes, en aquellos mundos que otros habían creado, y por unas horas se convencía de que aquella era su felicidad, su particular sonrisa.

Algunas noches, tras sus lecturas, tenía que abandonar la casa para hacerse con algo de comer. A veces conseguía robar alguna pieza de fruta de las humildes propiedades y fincas cercanas. Otras, se dedicaba a cazar pequeños animales, como gatos y alguna que otra rata. Aquel era el peor momento del día. No sólo porque a veces podían transcurrir horas hasta conseguir alimento, sino porque temía que alguien pudiese verla y reconocerla.

 

FOTO diakova_art
Fotografía vía diakova_art (instagram)

 

Unos días atrás, mientras observaba a través de la ventana como cada tarde, lo había visto: rubio, pelo corto y ojos de color azul verdoso, inconfundibles. Sobre la ceja derecha, la cicatriz con forma de L era aún visible. En algún lugar profundo en la mente de Claudia, se activó un recuerdo inesperado. Una tarde sofocante de verano. Una rejilla en el asfalto. El sonido de la bicicleta al quedarse encajada. El grito que inició el berrinche. La sangre que empezaba a caer, incesante, cubriendo el rostro de su hermano.

Lo había reconocido al instante. Era casi como mirarse al espejo o, más bien, identificarse en una foto de la infancia. Correteaba junto con los demás críos de su edad, reía con ellos. Un rato después, se había separado del grupo y había caminado hasta una de las chabolas situadas más al Este. Al verlo llegar, una mujer había salido a su encuentro para abrazarlo y llenarlo de besos. Lucía una sonrisa magnífica, límpida.

Sin poder apartar la mirada de aquella sonrisa, Claudia se había percatado en aquel momento de que apenas la recordaba. Casi había olvidado la sonrisa de su madre, y esa certeza alojó algo caliginoso y pesado en su estómago. No le importó, pero empezaba a comprender algo mucho más terrible. Se había dado cuenta de que el mundo había seguido girando sin ella. El barrio había seguido con su día a día. Su familia volvía a sonreír sin ella. En algún momento habían dejado de buscarla para empezar a asumir. Ahora ya nadie iba a tratar de encontrarla.

Entonces ocurrieron dos cosas: Claudia comprendió que había dejado de existir.

Y tomó una decisión.

IV

Dejó el tomo que leía sobre una de las polvorientas mesas situada en el centro de la sala. Los recuerdos eran poderosos. A veces eran incluso capaces de atraerla a la realidad, de expulsarla de los mundos en que la lectura la sumergía. Tenía hambre.

 

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Photo by Simon Matzinger on Pexels.com

Abandonó la gran sala y atravesó la casa, estancia tras estancia, hasta alcanzar la puerta que daba al minúsculo sótano, justo en el ala contraria de la edificación. La oscuridad era casi total, y aunque Claudia podía recorrer perfectamente cada rincón de la casa a oscuras, pensó que en aquella ocasión prefería ir a por la vela. La había robado hacía un par de noches del cementerio, y aún no se había consumido. Apenas iluminaba, pero sería suficiente.

Los escalones que conducían hacia el sótano no cesaron de emitir quejidos desesperados bajo los pies descalzos de Claudia, pero resistieron. Siempre lo hacían. Abajo, entre la suciedad, la penumbra y el polvo, la titilante luz de la vela comenzó a revelar los contornos de una figura humana.

V

Claudia había arrastrado el cadáver sin prisa, durante minutos, hasta la sala principal. El olor a podredumbre era penetrante, pero suponía que todo sería acostumbrarse. Además, sabía que no era nada comparado con lo que vendría después. Depositó el cuerpo junto a la vela que había depositado en una de las esquinas de la estancia. La llama, viva, reveló un rostro conocido: cabellos rubios, rasgos aún suaves. Ojos abiertos, desorbitados, de color azul verdoso. Con el tono vítreo incompatible con la vida. Sobre la ceja derecha, acentuada por la lividez de la piel, una inconfundible cicatriz con forma de L.

Con agilidad, sirviéndose de un viejo y herrumbroso machete, comenzó a efectuar profundos cortes, con esa mecanicidad que sólo otorga la costumbre. Claudia sonrió sin interrumpir su tarea. Con suerte, tendría comida suficiente para varios días.

Así continuó, durante horas, rasgando tendones y músculos. Destrozando un cuerpo más, como cualquier otro. Como cualquier gato, como cualquier rata.

Al amanecer, devolvió el cuerpo al sótano. Antes de regresar, sostuvo la vela unos instantes frente al rostro de aquel chico muerto. Pensó que aún quedaba trabajo por hacer. Pese a todo, aún quedaba un destello, un resquicio del recuerdo, un milímetro para la nostalgia. Pero necesitaba convencerse.

Convencerse de que no tenía a nadie. De que nunca había tenido amigos, ni mucho menos una familia.

De que siempre había estado sola.

2 comentarios sobre “SOLA

  1. Vaya!!! No sabía nada de esto. Me ha gustado mucho todo, en especial la atmósfera decadente y la sensación de ella de no hay salida. Me ha dejado mal cuerpo, como cualquier buen cuento de terror.
    Enhorabuena.

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias, Norah.

      Encantado de que hayas decidido darte una vuelta por Arsonville y te vaya gustando lo que ves 🙂

      Aquí te confieso que el relato original tenía un final diferente, un punto más sangriento y violento, pero preferí sacrificarlo por algo un punto más sugerente pero que también me parecía más incómodo.

      ¡Espero seguir viéndote por Arsonville!

      Me gusta

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